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Soy un ser espiritual 

(y también emocional y corporal)

Verónica Kenigstein

 

Estamos en un momento universal de profundos cambios de paradigmas, de modificaciones estructurales. Se trata, entre otras cosas, de aprender a conectar con lo espiritual, integrándolo a nuestra vida para que sea más completa y plena. Me resulta interesante, sin embargo, reflexionar sobre una tendencia que percibo, de algunas corrientes y/o escuelas espirituales. Ciertamente, al estar en el propio centro y lograr ver con mayor claridad todo el panorama, comenzamos a comprender que hay ciertas energías que cruzan nuestra experiencia vital, que nos pueden ayudar a ver el escenario completo y el sentido de cada una de las situaciones que nos toca vivir (agradables y desagradables), trascendiendo lo meramente material y, sobre todo, lo emocional, que suele ser lo que nos provoca mayores niveles de sufrimiento.

Integrar el conocimiento espiritual en nuestra experiencia cotidiana puede aportarnos una gran serenidad y paz a nuestra vida de todos los días. Aprender a aceptar que cada situación tiene un sentido trascendente es profundamente sanador, y es uno de los más sabios aprendizajes que podemos emprender. Ahora, pretender negar o pasar por alto emociones y experiencias que atraviesan nuestro cuerpo, puede llevarnos a una disociación importante entre el sí mismo y la realidad.

Cuando una persona tiene una experiencia emocional y/o una sensación corporal conflictiva determinada (que es la materialización en el cuerpo, de la emoción, que a su vez proviene de un pensamiento) esto indica que hay algo que no había sido percibido, que había sido excluido y que en su camino hacia la vida (la homeostasis o autorregulación con fines de conservación a la que todos los cuerpos vivos tienden orgánicamente) intenta hacerse ver, sentir o escuchar. Es decir, hay una sensación de que algo falta o que algo está fuera de lugar y esa emoción o sensación llegan para avisarnos.

Si en nuestro camino hacia la integración espiritual, dejamos de percibir y aceptar lo emocional y lo corporal y en lugar de darles lugar y observar cuál es su causa, los negamos, corremos el riesgo de crear una máscara y vivir exclusivamente en los centros energéticos (chakras) altos del cuerpo y perdemos la conexión con la tierra y con la realidad. Y con nuestro propio centro. Una de las cosas que siento que muchas veces proponen algunos mensajes espirituales es: "sentir emociones es inmaduro porque eres un ser completo y todo está dentro de ti". A mi juicio, si hay una inmadurez causal de esas emociones o mensajes corporales, lo más sabio y saludable es prestarles atención, mirarlas atenta y amorosamente y darnos aquello que sentimos que necesitamos. Una vez integrado aquello que satisface la necesidad, con la conciencia de que somos seres espirituales, intelectuales, emocionales y corporales, ya no necesitaremos apegarnos a la emoción (ni al cuerpo ni a ninguna otra cosa o persona) porque podremos vivirla y pasar a otra cosa tomando de cada persona, situación o cosa aquello que nos nutre. Sabiendo que somos todo aquello que necesitamos ser. Y fluimos con la vida.

Como seres espirituales, somos parte fundamental del gran cuerpo que es nuestro planeta y el cosmos. Como las células de la piel o del corazón o de los ojos, son parte fundamental de la persona que somos. Y tenemos el mismo ADN, la misma configuración. Y tenemos toda la información. Pero, probablemente, no la tengamos totalmente desarrollada (al menos en la conciencia, que es lo que el desarrollo espiritual nos invita a que descubramos).

Inseparables
Así como no tiene sentido ver solamente la experiencia material porque lo espiritual nos da la esencia, lo opuesto también es incompleto. No podemos ver sólo lo espiritual y dejar de lado el cuerpo y nuestras emociones porque representen “la funda”. Sería como el huevo sin la cáscara. La esencia y la información están en la clara y la yema, ¿pero puede existir el huevo sin cáscara? No existe una cosa sin la otra, una contiene a la otra. Una vez que no necesitemos más el cuerpo, ya no encarnaremos. Mientras tanto, son inseparables. Cuerpo y espíritu, yin y yang, noche y día, masculino y femenino. Ambos conforman una unidad, un todo. Si soslayamos uno de ellos (cualquiera) queda algo fuera. Y la unidad ya no es.

Nuestro cuerpo es el instrumento de nuestra esencia. Podemos explorar por completo nuestra experiencia humana en esta y otras dimensiones, porque tenemos cuerpo y a través de él integramos la energía sutil espiritual del cielo y la material de la tierra. El cuerpo humano es el canal para ello. Y el amor (la presencia plena y completa, en unidad) es la vía para hacerlo.

Todo a su tiempo
Cada persona tiene su propio ritmo. Cada uno tiene su propio poder de discernimiento. Pero si pretendemos que sólo por darnos cuenta (de que sentimos una carencia, por alguna causa de nuestra propia historia y evolución personal) llenaremos instantáneamente un vacío que fue generándose en nuestra experiencia humana, estaríamos dejando de lado el ritmo natural de la vida. Como si quisiéramos que una semilla de roble se convirtiera en roble en 10 días, sólo por saber que ella tiene dentro toda la información y el poder para ser el fuerte roble. Esa semilla requiere su propio tiempo de gestación, de maduración y de crecimiento. ¿No es fundamental respetarlo?

De alguna manera, es como si intentáramos comparar a un niño con un adulto en sus funciones y sus capacidades. Es cierto que el niño tiene el potencial de convertirse en el adulto con todas sus habilidades. Pero si le pidiéramos a un niño de 4 años que escribiera un cuento cuando aún no sabe escribir las letras, se sentiría profundamente frustrado (y nosotros también). O si exigiéramos a un bebé que corriera una carrera de 100 metros, cuando aún no ha aprendido a gatear. Y ese niño, a su vez, ha nacido de una pareja de adultos, a través de sus cuerpos. Todo ciclo de la vida se repite.

Las personas no conectamos con nuestras emociones más primitivas e inmaduras porque somos tontas, sino porque hay algo que aún no hemos aprendido en nuestro desarrollo. La idea del trabajo espiritual sobre sí mismo es darnos cuenta de lo que nos sucede y observar qué podemos hacer para acompañarnos amorosamente hasta que aquello que no estaba completo se complete. Esto se hace mirando, dando lugar a emociones y sensaciones. Observando y auto-sanando. Desde el amor interno.

Despacio, cada ser va aprendiendo y alcanzando sus propios niveles, con la certeza de que hay un ideal de desarrollo al que llegar, un potencial (de ser el roble). Aprender a mirarnos y respetarnos en lo que somos hoy. Para poder acceder, con amorosidad y sabiduría, a nuestra plenitud e integración como el ser completo que somos.

Claves para la armonía

  • Auto-observarse con conciencia y con amor (sin juzgarse ni pegarse).

  • Darse cuenta y hacerse cargo de las cosas de las cuales podemos individualmente hacernos cargo (de lo propio, nunca de lo de los demás).

  • Buscar ayuda en el caso necesario.

  • Procurar ver la situación en perspectiva aceptando e integrando todas las áreas.

  • Darse tiempo para ir transitando y aprendiendo del propio proceso de evolución.

  • Comprender que hay cosas que dependen de sí mismo y otras que no, sobre las cuales no podemos hacer nada.

  • Al soltar este intento de control, se relaja una gran tensión y la energía fluye.

  • Meditar y respirar conscientemente para ver la esencia de situaciones y personas y lograr conectarse con la paz interior.

 


 

Verónica Kenigstein © 2009 - (0054 9 11) 15 3596-8932 - (00 54 9 3544) 15 44-7991

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